Desde el tiempo de mi infancia (no hace mucho) hasta hoy ha cambiado la sociedad en que vivo, los valores, la misma forma de vivir la fe. Muchos de los abuelos actuales han atravesado con malestar esta evolución. Su modo de situarse en el nuevo contexto determina un influjo en el lugar que desean ocupar para comunicar la fe a los nietos. Algunos a veces experimentan una cierta frustración y sienten nacer dentro de sí un sentido de culpa frente a los hijos que ya no son practicantes y no comunican la fe a sus hijos. “¿Es culpa nuestra?”, se preguntan. Me pregunto si esta ruptura de los círculos transmisores no tiene que ver con la total exclusión de los ancianos, por la cual la experiencia que a ellos los ayudó a encarar la vida, sobre todo cuando el dolor golpeaba a la puerta de casa, es ignorada y olvidada. Tal vez, como ha escrito un teólogo, “estamos frente a uno de los aspectos más señaladamente anticristianos de nuestra sociedad y cultura”.
Los abuelos pueden transmitir a los nietos ese conjunto de valores y de recuerdos, llamado “novela familiar”, que para los niños tiene un atractivo extraordinario. El abuelo puede llegar a representar para el nieto la estabilidad de los afectos familiares. Puede hablar, como testigo, de los tiempos en que mamá era una niña y papá un alumno, de cuando en vez del centro comercial había un caserío, de cuando en lugar del estacionamiento había un pozo en donde mamá y papá iban a bañarse y donde se conocieron. Así el niño se hace la idea de que su familia existe desde siempre y tendrá que seguir existiendo. Percibe la continuidad de los afectos. El niño teme, más que cualquier otra cosa, la disolución de su mundo afectivo; la presencia de los abuelos es ciertamente fuente de seguridad y aliento.











